Nos adaptamos, nos guardamos nuestras opiniones y cambiamos para encajar. Pero ¿dónde termina la consideración sana y dónde empieza la renuncia a uno mismo?
Benjamin Trinidad Segura
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Una guindilla es picante.
A algunas personas les encanta por eso. Otras no saben qué hacer con ella.
Y a nadie se le ocurriría reprocharle a una guindilla que no sea lo bastante dulce.
Con las personas parece ser distinto.
Nos adaptamos. Cambiamos nuestra forma de expresarnos, nos guardamos nuestras opiniones, reprimimos rasgos de nuestra personalidad e intentamos descubrir qué versión de nosotros podría gustarles más a los demás.
No necesariamente porque queramos ser deshonestos.
Sino porque queremos encajar.
Porque el rechazo resulta desagradable.
Porque queremos caer bien.
Y porque a veces parece más fácil guardarnos algo de nosotros que arriesgarnos a que a alguien no le guste precisamente esa parte.
Sección / 12
¿Cuánto de ti queda?
Adaptarse forma parte de la convivencia humana.
No podemos decir en todo momento todo lo que pensamos. Tenemos que ser considerados, llegar a acuerdos y cuestionar nuestro comportamiento de vez en cuando.
Eso no es necesariamente renunciar a uno mismo.
Al contrario: la capacidad de adaptarse a otras personas puede ser una expresión de empatía, respeto y madurez personal.
Pero en algún punto hay un límite.
Entre la consideración y la renuncia a uno mismo.
Entre llegar a un acuerdo e intentar convertirse en otra persona.
Entre el crecimiento personal y la convicción de que la propia personalidad, en esencia, no es suficiente.
Y a veces solo nos damos cuenta muy tarde de que hace tiempo que hemos cruzado ese límite.
Quizá porque, en algún momento, ya no somos capaces de distinguir qué decisiones tomamos por convicción y cuáles por miedo al rechazo.
Sección / 23
No todo rechazo significa que haya algo mal en ti.
Tendemos a interpretar las reacciones de los demás como una valoración de nuestra propia persona.
Si alguien no nos quiere, nos preguntamos por qué.
¿Fui demasiado directo?
¿Demasiado ruidoso?
¿Demasiado callado?
¿Demasiado emocional?
¿Demasiado raro?
¿Debería haberme comportado de otra manera?
Pero pasamos por alto algo decisivo:
No toda incompatibilidad entre personas es una deficiencia personal.
A veces, sencillamente, hay personas que no encajan.
Sus expectativas son distintas. Sus intereses, valores, ideas sobre la cercanía o su forma de comunicarse.
Y a veces ni siquiera hay un motivo concreto.
Eso no significa que uno de los dos esté equivocado.
Puedes ser una buena persona y, aun así, no ser la persona adecuada para alguien.
Del mismo modo, otra persona puede ser buena y, aun así, no ser compatible contigo.
Sección / 40
Pero la autenticidad no es una carta blanca.
Sin embargo, sería demasiado fácil deducir de esto que nunca deberíamos cambiar nada de nosotros.
No toda crítica es un ataque a nuestra personalidad.
No todo rechazo se produce porque los demás no nos entiendan.
Y no todos los rasgos merecen ser defendidos incondicionalmente.
Quien hiere a los demás no puede escudarse siempre en que simplemente es así.
Ignorar constantemente las necesidades de los demás no te convierte automáticamente en una persona auténtica.
Y quien rechaza cualquier forma de introspección quizá confunde la autoaceptación con el estancamiento.
Quizá aquí esté precisamente la diferencia decisiva:
No se trata de declarar inmutable cada rasgo.
Sino de entender por qué cambiamos.
¿Por convicción?
¿Por haber comprendido algo?
¿Por consideración?
¿O únicamente por miedo a que, de lo contrario, no nos acepten?
Sección / 56
Quizá no tengamos que ser menos nosotros mismos.
Quizá solo tengamos que aceptar que no todo el mundo sabe qué hacer con nuestra personalidad.
Que a veces nos malinterpretan.
Que a algunas personas les caemos bien y a otras no.
Y que nosotros tampoco congeniamos con todo el mundo.
Eso no es un fracaso.
Es parte de las relaciones humanas.
Porque una relación que solo funciona mientras ocultamos partes esenciales de nuestra personalidad acaba planteando una pregunta incómoda:
¿Le gusto a esa persona como soy, o le gusta la versión de mí que he creado para ella?
Quizá por eso el crecimiento personal no siempre consiste en convertirse en otra persona.
A veces consiste en volver a descubrir quién queremos ser en realidad.
Y en reunir el valor para ser fieles a esa persona, incluso cuando no todo el mundo sepa qué hacer con ella.
Sección / 68
Reflexión final
No tienes que gustarle a todo el mundo.
No tienes que ser interesante, agradable, comprensible ni adecuado para todo el mundo.
Puedes cometer errores, aprender y cambiar.
Pero quizá de vez en cuando deberías preguntarte:
¿Me estoy convirtiendo en la persona que quiero ser?
¿O en la persona que creo que les gustaría más a los demás?
Porque entre estos dos caminos puede mediar toda una vida.
Conversación
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